De cómo la Península Ibérica pasó de ser tropical a templada

Uno de nuestros trabajos más recientes consistió precisamente en eso, en tratar de ver cómo había sido la transición climática que se produjo en los últimos cinco millones de años y que dio lugar a un cambio radical en los ecosistemas ibéricos. Durante ese periodo temporal, la Península Ibérica pasó de ser una región subtropical con una época de lluvias estivales, en la que la vegetación estaba marcada por la presencia mayoritaria de bosques tropicales secos, a convertirse en una región con un clima mediterráneo en la que dominan las formaciones forestales esclerófilas (encinares y alcornocales, principalmente) adaptadas a la existencia de una prolongada sequía estival.


¿Cómo y cuándo se produjo esa transición?

La verdad es que antes de iniciar el estudio nos resultaba intrigante conocer cómo podría haberse dado un cambio tan radical en la distribución de las precipitaciones. Porque, mientras que en las áreas de clima tropical el régimen de lluvias viene marcado por una época seca que coincide con los meses invernales y una época húmeda estival (y en realidad en una buena parte del planeta), en las zonas mediterráneas las lluvias se distribuyen al contrario: la época seca coincide con el periodo más cálido del año (el verano) y las precipitaciones suelen producirse más abundantemente en los meses más frescos. Así que era de verdad una cuestión intrigante el paso de un modelo al otro.

Lo que sí parecía claro es que, dado que estos cambios se habían producido en los últimos cinco millones de años, parecía probable que existiera una relación con la bajada generalizada de las temperaturas que culminó con la primera de las glaciaciones modernas hace unos dos millones y medio de años... Y efectivamente así fue.

El último de los periodos cálidos que ha tenido este planeta terminó hace unos tres millones y medio de años, cuando la reactivación de la orogenia alpina en el Himalaya produce una bajada generalizada de la temperatura global debido a que una gran cantidad de CO2 es retirado de la atmósfera al reaccionar con las capas de roca recientemente expuestas a la erosión química. Esta bajada de las temperaturas a escala global tuvo como consecuencia el desarrollo definitivo de los casquetes polares que caracterizan nuestro mundo actual. Pero también produjo otros cambios en los patrones climáticos generales del globo.

Por de pronto, y lo que nos interesa a nosotros en este momento, las temperaturas superficiales del Mar Mediterráneo bajaron mucho. Esto dio lugar a que la gran cantidad de vapor de agua que se elevaba durante el verano desde la superficie de este mar, generando a las abundantes lluvias estivales que nutrían los bosques tropicales de nuestra región, dejara de evaporarse en tales cantidades. Por ello, la incidencia de esas tormentas tropicales, seguramente como las que en nuestros días se dan en las costas del Mar Caribe y el Golfo de México, fueron disminuyendo.

Tras esa primera glaciación moderna que, como hemos dicho arriba, tuvo lugar hace dos millones y medio de años, se produjo un periodo de cierta inestabilidad climática que incluso llegó a derivar en un momento de precipitaciones escasísimas hace aproximadamente un millón y medio de años. Un clima semidesértico se instaló momentaneamente en la península.

Pero rápidamente se recuperaron los niveles de lluvia, solo que esta vez eran debidos a un régimen de precipitaciones mayoritamiente invernales. La Península Ibérica había dejado de estar bajo las condiciones climáticas subtropicales anteriores para pasar a estar bajo la influencia de las borrascas ciclónicas invernales procedentes del Atlántico. Esa es la misma situación que tenemos en la actualidad.


¿Cómo lo hemos llegado a saber?

Todo este proceso fue desentrañado gracias al minucioso estudio del amplio registro fósil de roedores que existe en la Península Ibérica, el cual incluye restos de ardillas, castores, lirones, ratones, gerbillos, hamsters, topinos y puercoespines. Las variaciones climáticas del pasado afectaron a las faunas que las sufrieron, modificando a lo largo del tiempo sus características ecológicas (número y composición de especies, tipos ecológicos capaces de vivir en determinadas condiciones, etc...). Por ello, el estudio de los cambios en las faunas de roedores podía darnos información muy valiosa sobre los cambios climáticos de los últimos cinco millones de años.

El interés de esta aproximación radicaba en que, dada la abundancia de yacimientos de ese periodo que tenemos con este tipo de animales, se podría lograr una elevada resolución temporal para los cambios climáticos que se detectasen. Además, era una manera de reivindicar el alto grado de  precisión que estos bioindicadores pueden aportar a los esudios paleoclimáticos en regiones continentales. Con este trabajo quedó patente la utilidad potencial de los micromamíferos, y de los roedores en particular, a la hora de inferir el clima del pasado.


¿Qué implicaciones tiene este conocimiento para entender el cambio climático actual y futuro?

En este trabajo se pudo calcular que la disminución temperatura que se ha producido en la Península Ibérica desde hace cinco millones de años ha sido de unos 6 ºC. Eso es relativamente parecido a lo que se supone que va a ascender en los próximos cien años debido al calentamiento global producido por causas humanas. Así que, en cierta medida, los resultados que obtuvimos al inferir el clima del Plioceno podrían darnos una indicación muy aproximada de lo que nos espera en el futuro.

Mucho se ha dicho acerca de un posible incremento de la sequía en las regiones situadas alrededor del Mediterráneo debido al cambio climático global. Si bien es posible que ese sea uno de los cambios más inmediatos, también resulta pausible que un aumento de las temperaturas superficiales del Mar Mediterráneo tenga como consecuencia final un incremento de las lluvias estivales, en forma de tormentas tropicales. A primera vista, pensar que en la Península Ibérica nos tendremos que enfrentar al periodico de huracanes como si estuvieramos en Florida puede parecer un tanto descabellado, pero si tenemos en cuenta el incremento del número, intensidad y área de distribución de los huracenes atlánticos que se produce cada año quizás no estemos tan alejados de esa posibilidad. De hecho, sólo hay que recordar la tormenta tropical Delta que asoló Canarias en noviembre de 2005, generando daños irreparables.


Bueno, y para terminar, el trabajo en cuestión del que he estado hablando todo este rato es:
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